miércoles, 28 de febrero de 2018

TERESA GISBERT CARBONELL


*Publicado en el periódico El Diario el 27 de febrero de 2018

Nunca la pude conocer en persona, lo que lamento, solo pude tener dos aproximaciones a la personalidad y la obra intelectual de Teresa Gisbert —a través de otras personas— que hicieron que tenga el reconocimiento que ahora le tengo a la mujer intelectual.
El primer acercamiento se dio cuando mi padre me habló por primera vez de ella. Augusto Vera Riveros fue asesor jurídico de Teresa Gisbert cuando ésta era directora del Instituto Boliviano de Cultura y aquél un abogado novel que hacía sus primeras armas en el ejercicio del Derecho. Siempre, desde que fui interesándome en serio por la historia y la cultura de este país, me hablaba de la jefa que había tenido por algunos años en esos primeros tiempos de trabajo como abogado; de esa investigadora activa, de esa mujer curiosa por todo, solícita, nerviosa al hablar, inteligente, memoriona, lúcida como pocas y a veces histérica.
La segunda aproximación que tuve, esta vez hacia su obra, fue cuando yo era estudiante de Carlos D. Mesa Gisbert en una materia de historia, en la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” de La Paz. Recuerdo que en esas intensas clases se debía debatir, con todo el aire de los pulmones y casi todos los días, sobre el mestizaje, sobre la aculturación española e ibérica a los nativos nuestros, sobre la identidad y el sincretismo religioso y finalmente sobre los hechos de la historia charquina que hicieron de crisol para fundir el alma que ahora llevamos dentro de nosotros. Frecuentaba, en consecuencia, a Todorov y sus agudas reflexiones sobre la identidad y la conquista de América; me metía en el difícil y testarudo debate de Tamayo y Arguedas, sin poder sacar ninguna conclusión demasiado terminante; hojeaba las páginas de Galeano para comprender un poco más cabalmente la realidad latinoamericana, pero en ninguno de esos libros o autores, ni siquiera, repito, en las páginas de Pueblo Enfermo ni en las de la Pedagogía, que son como el clasicismo de la sociología boliviana, pude distinguir con mucha claridad el espíritu mestizo —indio e ibérico fundidos con todo el odio y el amor posibles— que se aposenta en el corazón de un boliviano sino en los libros de aquella indagadora que por cosas de la vida dejó la arquitectura en un segundo plano. La pluma de Gisbert, pues, ha escrito y descrito, con excelsitud y rigor académicos, la nacionalidad boliviana desde la perspectiva de la historia y el arte.
Otro día, trabajando ya como auxiliar de cátedra de Mesa en la misma Universidad, pude hablar con éste de la obra que Gisbert había producido para la representación gráfica del libro Literatura Boliviana, de Enrique Finot, en la edición de 1964.
El Paraíso de los Pájaros Parlantes: La imagen del otro en la cultura andina es, sin duda alguna, su mejor obra, o una obra maestra. Es una clave para entender el entresijo de la nación boliviana desde su espíritu, nacionalidad que existe, ciertamente, porque quien niega esta nación, construida sobre los pilares del sincretismo social, es un ciego o un pesimista. ¿Historia, ensayo sociológico, estudio y crítica del arte? —Yo creo que todos esos géneros reunidos en un solo libro. Una obra cíclica porque afronta consideraciones sobre arte medieval, renacentista, indio, clásico y colonial. Y esos extranjeros colonizadores, a su vez, ¿cuánto bebieron de los árabes, judíos o negros? Gisbert abrió, con su Paraíso, una dimensión en la que las posibilidades de que coexistan varias culturas en una sola son muchas. Entendió a cabalidad la compleja y enmarañada sociedad de las Indias, y puso en la realidad la utopía de la convivencia de varias sangres.
Y eso es ya suficiente para enaltecer una vida y dejar en un país un legado que no muere.

Ignacio Vera-Rada

miércoles, 29 de noviembre de 2017

¡EL MAYOR CRIMEN!

Tristes son los momentos.

Hoy han ganado nuevamente los estultos, como diría algún latino. Un hombre inteligente que quiera llegar a los primeros puestos, últimamente tiene que pasar por tan largos y humillantes recodos que, cuando llega —si llega— no trabaja bien porque no es corrupto ni tiene el corazón podrido como el de sus dirigentes.

Es preciso pensar en todo, y hay que cambiar los destinos de la nación boliviana, hoy disgregada y como resquebrajándose día a día. Este día, sin llegar a exagerar, es uno de los más trágicos y más imbéciles de la historia de este pobre Estado. Se ha cometido el peor crimen contra la dignidad de los bolivianos, y todo por la necedad mezclada con injuria que retoza en el alma de quienes algún día tuvieron la confianza de la mayor parte de la sociedad.

Proclamemos el derecho que tienen los pueblos al tiranicidio, a la aniquilación de los déspotas que no permiten el progreso ni material ni espiritual de los pueblos que gobiernan. (Estoy escribiendo esto sin corregir y como en un estado de perplejidad, sin ideas claras y con el corazón en la cabeza). El Derecho está del lado de los oprimidos; el espíritu de las leyes, que ciertamente no está impresa en el panfleto político que hoy lleva el título de Constitución ni en las leyes que en el seno de la Asamblea se promulgan como si fuesen frases de feria, ese espíritu, digo, debe amparar el derecho de eliminar a los autócratas que se visten con himationes de la mejor seda.

¡Cómo quisiera que Bolivia hubiese sido bien conducida por sus magistrados desde siempre! ¡Hubiésemos sido un pueblo progresado y feliz! Quisiera que fuésemos más inteligentes, más ricos, más prósperos. Este pueblo es pobre, pero lleva la fuerza de su energía nacional. Pero hoy la incultura reina con toda su majestuosidad en la casta dirigente. La historia política de este desventurado país no tiene la tristeza solemne de la tragedia, sino la ridiculez de una comedia o un sainete. Es el vértigo de la inconsciencia de quienes no se dan suficiente cuenta de lo que se ha hecho a este país y es el vértigo de la insolencia de quienes hicieron prevaricato en el conciliábulo que hoy llámase Tribunal. Aunque no sé hasta qué punto puedan ser culpados, porque si los siervos no hacen lo que el señor indica, pueden ser acribillados o muertos a puñetazos.
En estos momentos de agitación y agotamiento, se deja ver mejor que nunca la torcida ruta por la que anduvieron los funcionarios faltos de prudencia y previsión. Nada se puede esperar de estas gentes; nada se está haciendo en vista de preparar días menos tristes para la patria.

La pobreza no ha reducido, y los bonos y subvenciones son nada más que medidas paliativas y excitantes para conseguir votos mentecatos; al cabo, todo lleva al resultado absurdo y paradójico de que Bolivia se endeuda cada vez más. E iremos a encarar la crisis económica que se advierte en lontananza vestidos de harapos y sin zapatos, pero le haremos frente con dignidad.

Amamos la filosofía alemana, el arte galo, el esteticismo clásico, pero Bolivia es mi patria, es el lugar donde he nacido y en el que aprendí a sufrir. Hoy hago por ella lo que puedo. Fuímonos alejando de los asuntos públicos, pero hay momentos en que no se puede retener en los dientes lo que se piensa. También el artista enamorado y el científico erudito deben cumplir con su deber de buenos ciudadanos. Ese amor tan fuerte es el que hizo que Goethe fuera ministro de Weimar, Victor Hugo parlamentario de Francia, Newton magistrado de Inglaterra…


Ignacio Vera-Rada

miércoles, 6 de septiembre de 2017

NATURALEZA FILOSÓFICA DEL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO (Parte I)

Publicado en El Diario el 6 de septiembre de 2017

Si se desciende lo suficientemente hondo en el asunto filosófico que entraña la obligatoriedad del servicio militar, se llega a la conclusión de que aquél es un absurdo rotundo, siempre y cuando se tomen en cuenta los adelantos humanos concernientes a la libertad y a los Derechos Humanos. He aquí una prueba incontrovertible de que los sistemas judiciales, que lejos están de ser los sabios procedimientos latinos, son todavía imperfectos, y de que las democracias, que para algunas personas hoy están bien consolidadas en lo referente a su avance teórico, tienen fallas que siguen estando en vilo. Porque el servicio militar obligatorio tiene que ver con los unos y con las otras.
¿Qué es el entrenamiento militar? Es la educa
ción de la mente y del cuerpo en la técnica de matar. Filosóficamente, va en contra del desarrollo de la voluntad de paz del hombre. Pero, me diréis, ¿acaso a un país puédesele restringir su necesidad de adjudicarse insumos de seguridad? Cierto es que no. Pero yo refuto: ¿puédesele privar a un ser humano de la voluntad pacifista que pudiere abrigar con más amor que a ninguna otra cosa? El Estado tiene necesidades materiales, pero el hombre posee ideales y cultos, y éstos están por encima de aquellos. El hombre tiene obligaciones para con su patria, pero ésta también los tiene para con su habitante. El asunto es difícil, ciertamente, y como hoy son varias las cosas que se han puesto en la mesa de debate del mundo, la cuestión del servicio militar obligatorio tendrá también que ser debatida en la misma mesa. Y mañana estará Dios mediante en el seno de la Asamblea Legislativa. Estas cuestiones profundas tienen que ver con el gradual perfeccionamiento del Derecho y las Ciencias Políticas.
Quien escribe esto no hizo el servicio militar, huyó de él; no sabe cargar munición a un arma, y con suerte podría lidiar con el peso de una carabina. Todos los que desean la paz deberían estar resueltamente en contra del servicio militar obligatorio. Se debe abolir el entrenamiento militar de la juventud. El servicio militar universal supone la formación de las juventudes en un espíritu bélico. En países como Bolivia, con Constituciones que proclaman pacifismo, la incongruencia es aún más crasa. Otro argumento: Podría parecer que los países pequeños, como el nuestro y los de África v.g., necesitaran obligar a sus juventudes a prestar servicio militar para poder ganar una guerra, y no los Estados grandes, dado que el armamento que poseen podría batir a las hordas más numerosas. Y ciertamente esto es lo que ocurre en la realidad. Lo cierto es que los ejércitos más nutridos y compactos de los países enclenques de economía no podrían batir el más pequeño obús de un país fuerte y grande. Entonces el asunto se convierte en un sinsentido.
Piénsese que para una conciencia pacifista, como la de Romain Rolland, el servicio militar puede resultar un verdadero via crucis. ¿No se está, pues, quebrantando la libertad de voluntad, que es quizá la libertad más sagrada?
La Constitución establece que deberán prestar el servicio militar todos los bolivianos, pero el carácter de obligatorio sólo recae en varones. Y más allá de todo lo dicho hasta aquí, ¿por qué en este mundo que pide y necesita igualitarismo de género en toda disposición, solamente los varones están llamados a acudir prestos al grito de una voz castrense y a marchar al son de una trompeta marcial?

Seguiremos abordando este asunto, metiéndonos más en la filosofía pura que encierra la cuestión.

Ignacio Vera Rada

sábado, 2 de septiembre de 2017

DE ECPLIPSES Y TEORÍAS FÍSICAS



Publicado en El Diario el 1 de septiembre de 2017

Este artículo viene a propósito del último eclipse visto en Norteamérica, para que se sepa cuál puede ser la trascendencia de un fenómeno natural como ése en determinados momentos de la historia.
Hace cien años, un hombre que había sido desde los 23 hasta los 32 un desconocido funcionario de tercera categoría de la Oficina Suiza de Patentes, trabajaba denodadamente en su estudio, luego del trabajo diario, persiguiendo y perfeccionando una teoría revolucionaria que explicase de una forma distinta el funcionamiento del Universo, teoría que a veces él mismo creía inverosímil: la Relatividad General. Pero aquel hombre tenía la capacidad de concentrarse por meses, e incluso años; se aferraba a su hipótesis como un perro a su hueso.
Entre marzo y junio de 1905, se incubaron en el pequeño estudio de Albert Einstein las teorías que revolucionarían para siempre las leyes de la física. Publica en su tiempo libre en los Annalen der Physik cuatro visionarios artículos, que para cualquier físico hubiesen sido la razón de una brillante carrera: uno que explicaba el movimiento browniano; otro que revelaba la ley del efecto fotoeléctrico; otro que desarrollaba la equivalencia entre energía y masa, y el último, que explicaba la relatividad especial.
Finalmente, a mediados de la segunda década del Siglo XX, la Teoría estaba lista para ser publicada. El solitario científico, en su estudio, cuando por fin cuadraron sus ecuaciones, rumió para sí mismo: “¡Dios Santo!, la teoría es correcta…”. Las ideas que el mundo tuviera desde 1687 sobre la gravitación universal y el movimiento celestial de los astros estaban a punto de ser echadas por tierra. Einstein idolatraba a Newton, el mayor científico de la historia de la humanidad, y por eso escribió: “Perdón, Newton”.
Pero la Teoría einsteniana tenía un problema que era difícil de resolver: su comprobación. El científico sionista había llegado al corolario de su Teoría solamente razonando, deduciendo, imaginando y visualizando las cosas. No era un empírico. En conclusión, todo era un brillante producto de su mente. Solamente un eclipse total de sol podría corroborar las extrañas y audaces ideas del físico alemán.
Para Newton, la luz no tenía masa, para Einstein, sí, y por tanto, al pasar cerca de un cuerpo celeste tan grande como el sol, tendría que curvarse por la fuerza gravitatoria, que en realidad es la deformación del espacio. Si Einstein estaba en lo cierto, la luz de las estrellas que pasase cerca del sol tendría que desviarse un tanto. En 1916 hubo un eclipse, pero las pruebas se vieron frustradas por la Gran Guerra; en 1918 hubo otro, pero densos nubarrones bloquearon la oportunidad de confirmar la Teoría. Einstein, como lo estuvo muchas veces en su vida, se hallaba muy desanimado y deprimido. Finalmente, en mayo de 1919, un astrónomo llamado Arthur Eddington logró la magna empresa. En noviembre del mismo año, el mundo se enteraba de que casi todo lo que hasta ese momento supo sobre la actividad del cosmos era falso. En los siguientes años, a pesar de los reparos que los científicos ponían, la Teoría se fue comprobando.
Tal lo que ocurrió hace un siglo. La Teoría de Einstein es compleja, simple y hermosa, inusitadamente hermosa. Y esto no es inspiración. Es trabajo, perseverancia, disciplina y método.
Si tenéis la suerte de observar un eclipse total de sol, fijaos en los puntos de luz que están alrededor de la corona de luz, y no olvidéis que, ahí donde los veis, en realidad no están.

Ignacio Vera Rada

jueves, 10 de agosto de 2017

El mar: hacia una doctrina del derecho boliviano

Publicado en El Diario el 10 de agosto de 2017

A lo largo de las décadas, salvo pocas excepciones, nuestro país ha ido perdiendo en el terreno de la diplomacia, pero no por incapacidad o impericia de nuestros funcionarios diplomáticos (aquí hay excepciones también, como en todo, pues los hubo muy ineptos), sino por la desventaja y el atraso económicos de Bolivia, siendo que la economía pública y las finanzas condicionan siempre la prosperidad material de los países del mundo, y las que por tanto establecen de forma despiadada e injusta la asimetría de poderes, que es azas perceptible para toda persona. Es por eso que la economía es la madre de las ciencias sociales y el indicador para la medición de la capacidad política internacional de un Estado en el concierto internacional de los países. Ahí, en la riqueza, radican el peso y la fuerza reales y prácticos. La economía (por extensión, la fuerza militar, el mercado y la pujanza en todo orden), pues, se impone a la diplomacia y a la misma doctrina del Derecho de Gentes, pero más a la primera que a la segunda. Al final, la diplomacia termina siendo lamentablemente una mesa donde muestran su verdadera faz los monstruos de la economía.
      Mientras Bolivia sea, en tamaño de hacienda y en capacidad militar, menos que Chile, difícilmente o nunca podrá llegar a la costa por medio de negociaciones diplomáticas. Es por eso que creo que si Bolivia decide asumir la demanda por la cualidad marítima como una política de Estado (lo cual ha hecho desde 1910 pero como un mecanismo diplomático), debe consolidar el Derecho Boliviano y la doctrina que éste conlleva, que es la sola llave que contiene el derrotero en favor de los bolivianos. Se debe establecer la doctrina jurídica.
      La revisión del Tratado es competencia exclusiva de las partes. Los internacionalistas ya han departido demasiado acerca de las posibilidades que tienen Bolivia y Chile en lo relativo al dictamen final de la CIJ, pero ninguna persona que no se esté haciendo cargo de la demanda en la parte netamente jurídica, ni los mismos publicistas y juristas más versados, ha podido verter hasta ahora juicios certeros acerca de la consistencia de nuestros alegatos, porque no se conocen en profundidad. Y por lo mismo, nosotros nos eximimos de hacerlo aquí. Todo lo que se ha venido diciendo y comentando hasta ahora, es cuando menos opinión profana al contenido jurídico y científico de la doctrina de la demanda. Lo cierto es que la CIJ no tiene señorío absoluto ni autoridad coercitiva para hacer cumplir a un Estado un fallo, y aunque la Corte fallara para que Chile tuviese que negociar, éste solo se vería obligado a cumplir por un Derecho fundado en la costumbre, en la moralidad, si se quiere. Pero su soberanía de decisión, como la de cualquier Estado, está sobre todo.

      La ley está ahí (Pacto o Tratado), y la ciencia jurídica está también ahí, no es inmutable, pero siempre será. Dicho lo cual, me diréis, entonces: “¿Cómo, si la diplomacia es ineficaz para la cuestión, el Derecho puede ser fructífero, si éste también está supeditado a la fuerza económica de un país, como se ha dicho antes?”. Yo diré, entonces: “Si la diplomacia es un arma ineficaz para esta cuestión, es porque su fuerza está cimentada en la negociación, en cambio la del Derecho, desde los tiempos de Solón y para siempre, estará sobre el pivote de la razón”. Entonces la invocación a la razón siempre tendrá mayor fuerza que la apelación a la buena voluntad, que es, de una u otra forma, lo que demanda la diplomacia.

Ignacio Vera-Rada

domingo, 28 de mayo de 2017

BEDREGAL Y SU BIÓGRAFO

Publicado en el suplemento Animal Político del periódico La Razón el 28 de mayo de 2017.

Desde mi más temprana juventud admiré, incluso más que al griego y al latino, al artista galo y al germano. No me cambiaría por ellos sin embargo; yo nací en el dolor boliviano.
      ¿Cómo hablar de un pedazo de la historia o de un segmento geográfico sin entender al actor principal del espectáculo de la vida? Entre bambalinas se encuentran los actores pensando y ejecutando cosas que el público jamás sabrá una vez aquéllos en las tablas. En las tribunas, el pueblo aprecia solamente la interpretación de un guion dictado por la fatalidad y pocas veces por la inspiración buscada. Y la dramaturgia de la vida es una obra maestra a la par que un arcano, como lo fueron las obras de Shakespeare. El antropólogo explora la racionalidad y el carácter humanos; el historiador rastrea cronológicamente los legados y hechos memorables de los pueblos; el sociólogo tienta sus nigromancias y teoriza para revelar el porqué del fenómeno social. El biógrafo, ciertamente, les debe mucho, porque se servirá de ellos para levantar nuevamente la arquitectura de una existencia humana, pero es cierto que antropólogos, historiadores, sociólogos, e incluso tratadistas de las ciencias jurídicas y económicas, habrán de deber al biógrafo mañana.
      Era menester una biografía de Guillermo Bedregal. Pero ¿quién es, a grandes rasgos, este hombre? Bedregal es un político consumado, pero sobre todo es un ser humano de carne y hueso, un humano muy humano, demasiado humano ―en el sentido nietzscheano de la expresión―, con aciertos y errores, con grandezas y pequeñeces. A primera vista es un político frío y calculador, pero si uno se aproxima un poco, se revela el ser humano sensible y sentimental. Bedregal tuvo que ver con una de las revoluciones más importantes de Latinoamérica ―si no la más importante―; apoyó un golpe de Estado que fue funesto para la democracia que en ese momento se volvía a instituir. Fue diputado, padre de familia, escritor, profesor en varias universidades, Ministro de Estado, esposo, embajador, lector voraz, teórico y pragmático… Relieves de gloria y simas de desdicha se ven la orografía de su azarosa vida. Haber sido parte de las grandes transformaciones estatales se cuenta entre los primeros; la muerte prematura de su primogénito está entre las segundas.
      Leyendo a los hombres se lee el suelo, ya que los hombres son fruto directo del terruño. Éste los pare a fuerza de necesidades concretas. Porque si hay una verdad mundana absoluta y axiomática es la del Genius loci: el alma de la tierra es el genio de sus moradores. Cierto que el sociólogo y el antropólogo auscultarán la conducta de los grandes gentíos, pero es deber del biógrafo descifrar el alma de un pueblo a través de uno de sus hombres. No pretendí llegar a lo que hicieron Plutarco, Zweig, Maurois, Lytton Strachey, Ludwig y Safranski. La verdad es que mi norte era más alto y más lejano. Quizá las biografías poéticas sean las mejores, así como también las más escasas. Ésta, mi Guillermo Bedregal, es una biografía novelada, y no debe ser ningún secreto que yo haya tomado como modelo las obras Franz Tamayo. Hechicero del Ande (Retrato al modo fantástico) y El Arte Nocturno de Victor Delhez (Biografía poética), ambas de Diez de Medina, el más historiador de los artistas y el más artista de los biógrafos. Lo que busqué, además, fue hacer lo que hizo Victor Hugo en su William Shakespeare, y aunque sé bien que tuve una medida que imitar, sé igualmente que no llegué a hacer lo que hizo el genial galo. Lo que hizo Hugo fue descifrar el summum y el espíritu de Inglaterra a través del más genial de sus hijos. Así, puede desnudarse el alma alemana a través de Goethe, la de Italia a través de la de Leonardo o la del Dante, la de España por la de Calderón o la de Cervantes. Biografiar es —como digo en el Prefacio de este libro— comprender la dimensión real de un hombre, y un hombre significativo es como una montaña: muchos intentaron escalarla, pocos llegaron a la cima y varios se quedaron en las faldas. Y hay que comprender al hombre comprendiendo su espacio y su tiempo. El ser humano es producto directo del tiempo histórico, de un contexto, de una coyuntura larga. En suma, la historia hace al ser humano, y no éste a la historia. Si no se siguiese el método de la comprensión del espacio-tiempo, Alejandro Magno hubiera sido un demonio y Cromwell un protervo déspota. Entonces, el libro que el lector tiene es, a la par que una biografía, el alegato y la justificación de una personalidad que vive en un contexto determinado y la radiografía de una coyuntura nacional. Ésta es la terea del biógrafo y también la del género biográfico: develar suelo y sociedad a través de un solo ser humano.
      Esta obra tiene la estructura de la vieja novelística francesa del siglo XIX, o sea, división en libros y subdivisión en capítulos, y su división en libros responde a la segmentación que hice de la vida de mi biografiado en cinco grandes etapas: 1. niñez en Juckumarka (finca de sus padres) y estudios en el Colegio Alemán; 2. estudios universitarios en Europa y gira por varios países que realiza junto con un grupo de amigos; 3. los doce años de la Revolución Nacional; 4. dictaduras, destierros y ostracismo, y 5. último gobierno de Víctor Paz Estenssoro en el que Bedregal es Canciller de la República. Escribí la obra en seis meses, literalmente encerrado en el estudio de mi casa; torrentes de café y de tinta y muchas cuartillas emborronadas… Novelar e historiar a un mismo tiempo puede resultar una tarea pesadísima, pero al mismo tiempo una de las más bellas. La composición de esta biografía fue una de las más extraordinarias experiencias de mi vida, y el recuerdo de las intensas charlas que tuve con Bedregal ―pláticas que giraban en torno a las tragedias de Schiller hasta parloteos sobre caligrafía gótica― constituirán un recuerdo inmarcesible en mi memoria.
      Y este libro es algo más que una biografía; es la travesía de toda una generación y el pensamiento vivo del Nacionalismo Revolucionario. Intenté en todo momento ser objetivo y crítico con los acontecimientos, mas no puedo decir que mi pluma no se ha visto seducida por el arrebato y la efervescencia, pero todo cuanto atañe al drama nacional siempre será puro y bienintencionado. He aquí, en ese libro, una silueta de la Bolivia contemporánea. No osé escribir la terapéutica, pero he aquí un diagnóstico de la realidad política nacional, con sus desgarramientos esquilianos y su consternación reconcentrada, pero también con sus heroicidades y prodigios dignos de ser anotados en las páginas gloriosas de la historia de Latinoamérica.

      Se dice, levantando las banderas del mestizaje y del sincretismo, que no comprenderemos el sentido del vivir en comunidad mientras no aceptemos nuestra historia con sumo beneplácito; eso es cierto, mas yo hago aquí una extensión: no comprenderemos ésta nuestra fascinante nación, ni nuestro suelo, ni nuestro destino histórico, en tanto no conozcamos a nuestros hombres.

Ignacio Vera-Rada es escritor y dibujante

lunes, 1 de mayo de 2017

EL ÚLTIMO DÍA DE UN REO CONDENADO A MUERTE

Publicado en El Diario el 1 de mayo de 2017.

He terminado de leer Le Dernier Jour d´un Condamné en una edición parisina muy rústica y hasta ordinaria.
      La otra noche se reunió un grupo de estudiantes de la Universidad pública. Yo asistí a la reunión. En el cenáculo había alumnos de Derecho, Filosofía, Sociología e incluso alguno de Medicina. La charla ―o debate― giró primero en torno a las reformas de que es menesteroso el sistema universitario boliviano y la pedagogía boliviana en sí misma; después, alrededor de las libertades públicas y la libertad de prensa y opinión. La charla se fue acalorando, y las posiciones, enconando. Lo cierto es que pocas cosas hay tan saludables para los pequeños núcleos sociales de una gran sociedad como el intercambio de ideas y razones.
      Había un mequetrefe que si mal no me equivoco dijo que estudiaba Filosofía. Y en medio de la algazara, gritó que un violador de mujeres debía ser condenado a muerte. Yo abrí mis ojos e inflé el pecho para contestarle con un discurso deliberativo, pero la indignación no me dejó pronunciar palabra. O si dije algo solo fue un tartamudeo. Y es que la condena a muerte quizá sea el signo más evidente de la barbarie en toda sociedad que quiera llamarse civilizada.
      Ahora bien: mi argumentación espiritual solo valdrá ante el creyente; “Ante el escéptico nada tenéis que esgrimir”, seguramente me diréis. Nada más falso. Al creyente le puedo decir que nadie es señor de la vida ni juez supremo de las almas. Y al ateo, que un criminal o un convicto de la peor calaña puede tener todavía un papel social en este mundo. Piénsese solamente en los hijos que pudiere criar esa persona, o la esposa a quien pudiere estar asistiendo desde su ófrica celda. Y si el reo condenado no tiene esposa ni hijos, aún puedo esgrimir otros argumentos, si no muy sencillos, sí muy contundentes. La filosofía de los países en los que existe la pena de muerte dice que se elimina al reo para alejarlo de la sociedad; si esto fuese cierto, ¿no sería suficiente con encarcelarlo? Lo que sucede es que detrás existe un trasfondo donde solo campean los sentimientos más viles del ser humano ―odio, rencor― institucionalizados en leyes hechas por los diputados más desaforados y respaldados por el Derecho positivo. Nada más bestial que promover un país de verdugos; nada más bajo que hacer matar a alguien como si fuese un animal.
      Estos sistemas penitenciarios donde la ley permite la eliminación de un reo son los más injustos con quienes reciben la orden de pulsar el gatillo asesino. ¿Son acaso ellos, los que deben disparar después del “Fuego!” de sus superiores, quienes están de acuerdo con la eliminación de un hombre? ¿Por qué la injusticia de hacer matar a quien puede amar la vida suya y la de los demás?
      Es increíble y espantoso el número de Estados cuyas legislaciones todavía contemplan la pena capital. Congresos, cámaras, ekklesias donde se pronuncian los más románticos e hipócritas discursos sobre el Derecho natural y los Derechos Humanos… pero aún no se habla sobre la pena de muerte. Se han puesto de moda las tendencias feministas, que no sé si tendrán o no éxito en la marcha de la sociedad. Pero hora es ya de interpelar la pena de muerte en los países donde se la pone en ejecución. Ojalá estuviera vivo Victor Hugo.

      He escrito lo anterior con la plena conciencia de que Bolivia no ha puesto en el tapete o a consideración de la Asamblea ―a Dios gracias― la cuestión, y con la misma conciencia de que en cualquier momento podría hacerlo.

Ignacio Vera-Rada es escritor